Seguro que orquestaron el trabajo meticulosamente. Por suerte, el único momento vulnerable de Henry era también el de ellos: en el aire, donde no podía valerse de sus músculos, de su inseparable Smith and Wesson o su escolta de gorilas. Henry tenía dinero, amasado tras años de presentar un programa exitoso. Esa noche, el cámara enfocó a los invitados, el mezclador preparó la cortinilla, la regidora repasó su pizarra y cuando el realizador dio paso a publicidad todos se abalanzaron sobre él. La pausa, pensó mientras se acurrucaba en el suelo y soportaba una brutal lluvia de golpes, no duraría eternamente. Anunciarían su ausencia mientras él, actor avezado, se hacía muy bien el muerto. Además, en cinco minutos la maquilladora entraría con la excusa de repasar a los ponentes con una navaja automática bajo la falda y la promesa de un millón de dólares. Entonces el verdadero espectáculo daría comienzo.
Esto de aquí arriba es “En el aire”, un microcuento que escribí para el certamen de TCM de relatos de serie negra y que quedó entre los finalistas. La serie negra, ya lo deberían saber, es uno de los géneros más divertidos y entretenidos que hay, al tiempo que te permite analizar los entresijos de una sociedad sin que los lectores se desenganchen ni una página. Puedes leer a autores clásicos, como Chandler, irónicos, como Chesterton, originales, como el Pynchon de “vicio propio” del que ya he hablado, e incluso a gente que sueles imaginar más próxima al género de las naves espaciales y los viajes por el tiempo, como Isaac Asimov o Ray Bradbury, que han hecho mucho y muy bueno por el mundo de los detectives y los crímenes; el primero con una extraña novela, “Asesinato en la convención”, que transcurre en un evento literario, el segundo con una serie de relatos juveniles de aroma a serie B y pulp, como el pequeño asesino o novelas ya de madurez como “La muerte es un asunto solitario” o “Cementerio para lunáticos”.