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¡Bang, bang, muñeca!

Seguro que orquestaron el trabajo meticulosamente. Por suerte, el único momento vulnerable de Henry era también el de ellos: en el aire, donde no podía valerse de sus músculos, de su inseparable Smith and Wesson o su escolta de gorilas. Henry tenía dinero, amasado tras años de presentar un programa exitoso. Esa noche, el cámara enfocó a los invitados, el mezclador preparó la cortinilla, la regidora repasó su pizarra y cuando el realizador dio paso a publicidad todos se abalanzaron sobre él. La pausa, pensó mientras se acurrucaba en el suelo y soportaba una brutal lluvia de golpes, no duraría eternamente. Anunciarían su ausencia mientras él, actor avezado, se hacía muy bien el muerto. Además, en cinco minutos la maquilladora entraría con la excusa de repasar a los ponentes con una navaja automática bajo la falda y la promesa de un millón de dólares. Entonces el verdadero espectáculo daría comienzo.

Esto de aquí arriba es “En el aire”, un microcuento que escribí para el certamen de TCM de relatos de serie negra y que quedó entre los finalistas. La serie negra, ya lo deberían saber, es uno de los géneros más divertidos y entretenidos que hay, al tiempo que te permite analizar los entresijos de una sociedad sin que los lectores se desenganchen ni una página. Puedes leer a autores clásicos, como Chandler, irónicos, como Chesterton, originales, como el Pynchon de “vicio propio” del que ya he hablado, e incluso a gente que sueles imaginar más próxima al género de las naves espaciales y los viajes por el tiempo, como Isaac Asimov o Ray Bradbury, que han hecho mucho y muy bueno por el mundo de los detectives y los crímenes; el primero con una extraña novela, “Asesinato en la convención”, que transcurre en un evento literario, el segundo con una serie de relatos juveniles de aroma a serie B y pulp, como el pequeño asesino o novelas ya de madurez como “La muerte es un asunto solitario” o “Cementerio para lunáticos”.

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Si Kafka puede ser coronado, con toda justicia, como el autor que ha configurado el mundo espiritual del siglo XX, Thomas Pynchon tiene todas las papeletas para atribuirse el mismo galardón en el XXI.

Afirmar esto me supone un triple atrevimiento. Primero porque es difícil analizar la propia época sin perspectiva. Segundo porque el poco prolífico Pynchon apenas ha publicado dos novelas en lo que va de siglo. Tercero porque, hey, apenas he debido leer un uno por ciento de lo que se ha publicado en las últimas décadas. Él mismo, a tenor de su introducción autobiográfica en su Slow Learner parece un tipo humilde y se extrañaría bastante de mi conclusión. Sin embargo, fans de las quinielas, seguidme, juguemos un rato a los pronósticos y contadme los vuestros en los comentarios, si queréis.

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Este mes se publica un relato de ciencia ficción mío en la revista Sci Fdi. ¡Gracias desde aquí a sus amables editores por admitirme de nuevo! Como está muy feo destripar historias, no contaré mucho, salvo que tiene mucho de literatura pulp, de avances científicos extremos y de viajes y situaciones al mismo límite. Sentí al escribirlo una buena dosis de pánico, por dos o tres motivos a los que uno se suele referir como retos, aunque para mí era más bien una sensación de”que-alguien-me-explique-cómo-rayos-sigo”. La medicina para la inseguridad, también conocida como “gato sobre las rodillas” debió surtir efecto, porque un buen día la pequeña Loreto de la historia alcanzó su destino, o quizá el destino la alcanzó a ella, el cuento se acabó, lo envíe a Sci Fdi, y aquí está.

¿Y quiénes son Sci Fdi? Lo explican bien en su nombre: ciencia ficción en la Facultad De Informática. De la Universidad Complutense de Madrid, para más señas. Éste es su cuarto número y chico, les queda de muerte. Me gustan esos editoriales tan ingeniosos, esas portadas tan retro (eh, la del número cuatro ¿no parece un guiño al Marty de Regreso al futuro?) y hasta su concurso de micro relatos tiene encanto: se llama “Byte” y restringe el número de palabras hasta 256, o sea (no me neguéis que es genial), 24. Echadle un ojo, que no decepciona.

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Llega el mes vacacional por antonomasia y el tiempo para leer. Y como de best sellers está el mundo lleno, y no andan necesitados de publicidad, ahí va mi envite. Sacad de la biblioteca, mejor hoy que mañana, El paraíso perdido, el poema de John Milton, autor y político del siglo XVII.

No os faltarán emociones fuertes si os atrevéis a dar el paso. Yo que, ay de mí, no he estudiado filología inglesa, lo he hecho, sin demasiadas secuelas. A cambio, Milton me ha regalado una buena ración de momentos interesantes. Como ese Satán que dispone una batalla en los cielos contra Dios, potentes y letales cañones incluidos. El retrato del maligno es fabuloso, y uno llega a empatizar con el ambicioso ángel caído, casi a modo de placer culpable, cuando jura con mucha dignidad:

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“¡Gracias a Dios que no gané!”, suele reír Bob Dylan cuando se le pregunta por su cacareada candidatura al Nobel de las letras. Más allá del eterno debate sobre si se puede considerar un literato al bardo de Minessota, no voy a repetir lo que tantas veces se ha dicho, que las letras de Dylan son tan dignas de leerse como sus canciones de escucharse. Leamos para muestra Summer Days, una de sus canciones menos conocidas de Love and theft (2001), disco de gran reputación entre su extensa obra y que puede mirar de tú a tú a sus tremebundos discos de los sesenta. Al turrón.

El tema que nos ocupa, podría según las notas del libro de letras de Dylan publicado con gran lujo por Global Rhythm Press y Alfaguara, aludir al tema Some summer day de Charlie Patton, que su vez se parece a Sitting on top of the world, versionada por Dylan en los años noventa. ¿Servirán esos títulos como referencia para interpretar mejor la letra? Echemos un vistazo.

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Comunicado

Bando oficial del cerebro del señor Matías a las unidades corporales. Según comunicado neuronal, Doña Rosita se encontrará en el perímetro sensible el fin de semana. El estado de enamoramiento se mantiene sin cambios. Rogamos prudencia en la conducción en los elementos intravenosos. La sangre fluirá más rápido. Los sentidos fallarán. El cerebro no podrá asegurar su correcto funcionamiento. Probabilidad de risa tonta del 90%. Se espera una leve mejora cuando don Matías efectúe la operación de entrega del anillo el domingo a las 18:00. Hasta entonces, maximizad la precaución. No podemos circular por vosotros. Muchas gracias.

PD. Relato del que suscribe, finalista en el V certamen de relatos breves de Cercanías Renfe. Para verlo en su ubicación original, aquí.

Escribo esto recién llegado de una charla con Enrique Vila-Matas, ese catalán de figura vampírica, escritor de libros divertidos y terribles, en una librería. Me ha firmado uno de mis favoritos, El Mal de Montano, uno de los mejores de una serie de novelas fabulosas sobre la identidad y cómo perderla. No es el primero de los míos en el que pone su firma, aunque sea a modo figurado, porque una amiga me regaló Bartleby y compañía firmado por ella pero a nombre de Vila-Matas. A la librería llevé ambos, uno firmado falsamente y otro aún por firmar. Tímido de mí, no me veía capaz de ponerle frente a frente con un autógrafo apócrifo a él, que ha contado más de una vez su pesadilla recurrente de que alguien descubre un día que no es un autor real. Por un momento me sentí como el gato de Schrödinger, con ambos destinos cumpliéndose a mi placer.

Imagino que es corriente que por asimilación, cuando uno lee un libro, termine por observar el mundo a través de los ojos del autor. Un bello bosque asturiano pueden ser los Cárpatos o el hogar de una amable fraga, según se lleve encima Drácula o El bosque animado. Por eso me siento feliz de, en una curiosa coincidencia vilamatesca, tener dos autógrafos suyos, uno del auténtico y otro de su doble escondido que por no ser, no es ni catalán, ni escritor, ni hombre (sino mujer).

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