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Archive for 1 marzo 2013

Era una noche artificial, un letargo de anestesia de los que pasan tan rápido que uno no puede ni medirlo. Luego alguien desde la Base ejecutó un comando y yo, que soy Kino, recuperé mi conciencia.

Jun y Hao despertaron de la animación suspendida con los miembros agarrotados, calambres en la espalda y hambre de lobo. Los primeros minutos de reentrada -no era ese el término correcto, pero lejos de la Base el vocabulario técnico siempre se podía relajar un poco- sabían a desvanecimiento ralentizado de un sueño: las imágenes se desenfocaban en un espectro cada vez más amplio y, ya mezcladas, concurrían en una chillona amalgama nítida y plena de vida. Lo peor de todo, solían comentar, era el sabor metalizado en la boca, que costaba al menos un día entero despegar de las encías. Dos barras metálicas retráctiles que hice surgir de las paredes les sirvieron para apoyarse en sus ejercicios físicos y restaurar el ejercicio motor adecuado al cuerpo.

Iniciaron un desayuno frugal, todo preparados plásticos e inocuos. Sorbieron en silencio y sin prestar atención a las señales de la pantalla que yo desplegaba para ellos en los cristales.

Esto es el comienzo de mi cuento El brindis del desterrado, aparecido en el último número de la revista Sci Fdi. No se trata de un relato demasiado feliz. No creo que deje un regusto dulce. No creo que consiga muchas simpatías. No es esas cosas, o a mí no me parece, porque los que lean podrán opinar sobre él con tanta autoridad como yo mismo. En cambio, es un cuento -usemos un término actual, y siempre bajo mi discutible prisma- indignado. Mi cuento gustará, espero, a los que han protestado por algo y quieren seguir haciéndolo. A los que alguna vez les ha irritado una situación hasta el punto de hacerles echar humo de frustración, y si tienen por costumbre hojear el periódico en la sección de política y sociedad no tardarán en descubrir unas cuantas. Fue, mientras lo escribía, un cuento necesario para mí. Aunque suene contradictorio, no es un relato en contra de nada. Más bien es un relato a pesar de algo. Y tiene mis propios Don Quijote y Sancho Panza en Jun y Hao, dos jóvenes astronautas orientales en el límite más desconectado de la civilización. Dos chavales con ideas muy diferentes sobre la lealtad y la libertad personal y colectiva.

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