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Archive for 1 febrero 2014

Cada cierto tiempo se oyen campanadas de tristeza sobre una supuesta actitud de condescendencia de la opinión pública mayoritaria acerca de la fantasía, o de otros géneros populares como el cómic. Recuérdese -para después olvidarlo- aquel infame artículo de Molina Foix en que definía la película Up como una “chorrada de plastilina”.
¿Se me permite ejercer la abogacía del diablo? La aceptación total de la fantasía y la ciencia ficción, ¿no conllevaría su estancamiento hasta una situación de burguesía autocomplaciente y ombliguista? El acomodo tranquilón y mayoritario, ¿no supone justamente lo opuesto al pensamiento crítico y arriesgado?
Como dice Umberto Eco en su última entrevista para El País, la cultura es crisis, enfrentamiento de ideas y puja por la vanguardia. Desde los albores del mundo moderno (Cervantes en adelante), las grandes obras son rupturistas. De aquella, el modelo clásico grecorromano se estaba poniendo en tela de juicio desde que los científicos e investigadores descubrieron paulatinamente que, vaya, la teoría de Ptolomeo, la geometría euclidiana y todas esas ideas que muy agustito habíamos aceptado, con el visto bueno de la Iglesia que siempre prefiere que no se piense, habían quedado obsoletas.
Umberto Eco no puede parar de pensar

Umberto Eco no puede parar de pensar

El cuestionamiento del statu quo no tardó en llegar, también en lo literario. El Quijote, el Fausto de Goethe, Shakespeare, las novelas de Jane Austen, no digamos el Ulysses… son obras a contracorriente, con voluntad, consciente o no, de echar la casa abajo. Quién sabe si las hubiera escrito un autor con pretensiones de funcionario, y si su jefe las hubiera aceptado. Quizá en la Roma Imperial, pero, amigo, no en nuestro mundo.

El cielo me guarde de sugerir que se escribe mejor desde la marginación social más absoluta, o de defender una actitud elitista. A nadie le gustaría más que a mí que se celebrara el nacimiento de Theodore Sturgeon como otros celebran la Virgen del Pilar, o que mis autores de ciencia ficción favoritos hubieran gozado de prestigio y calidad de vida. Yo festejo cada victoria de la literatura que considero que un día será canónica. Pero he constatado con tristeza que los mercados son conservadores. La industria es conservadora. Tiene cierta lógica; su propósito es ganar dinero, y una norma para los negocios fructíferos es la seguridad y la minimización de riesgos. El capitalismo es, por definición, un sistema conservador, muy poco amigo de rebeldes políticos, sociales o culturales, o de escritores impredecibles.
El desprecio de la elite hacia las novelas populares no difiere mucho de la crítica de otras rupturas como el fin de las convenciones de unidad clásicas del teatro en la España de Lope de Vega. Por suerte a Lope le fue bien y creó escuela. Es uno de esos milagros que uno agradece cada día, igual que la campanada que dieron Tolkien o Asimov.
JRRT: rara avis

JRRT: rara avis

En cierto modo, quizá esa misma actitud reaccionaria y pacata, acomodaticia, fue el incentivo de Lope de Vega de cargarse aquellas normas caducas. Philip K. Dick, escribiendo al margen del mundo, y llevando ese exilio interior hasta las mismas fronteras de la realidad y de su propia mente, hizo algo muy parecido. Ahí estriba su grandeza.

Obviamente, el trabajo de la cultura de verdad – y ahí pocas veces entran los best sellers- es abrir conciencias, pero siempre desde la vanguardia y no la retaguardia. Insisto, no defiendo la permanencia en la sombra. Defiendo la lucha por la cultura, su carácter popular, y su necesaria protección pública, pero a sabiendas de ir a contracorriente.
Qué necesarios son los heterodoxos, y qué solos están a veces.

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