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Posts Tagged ‘Isaac Asimov’

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Retomo mi sección de entrevistas con un invitado especial. Se trata de José Núñez, editor de Carlinga Ediciones, un sello sevillano de literatura fantástica que está haciendo mucho ruido últimamente. En apenas un año no han parado de trabajar. Han editado tres novelas:

También han convocado dos certámenes de relatos. Venden merchandising a través de su web, como unos encantadores dados de rol de color rojo y una colección de muñecas. Y su página es un hervidero de actividad en la que es difícil aburrirse: entrevistas, reseñas, crónicas y artículos en que analizan con profundidad diferentes cuestiones del mundo de la fantasía y la ciencia ficción.

Porque en efecto, esta es la pasión de Núñez, como él mismo nos explica en esta breve charla que mantuvimos. Os dejo con él:

José Núñez

Es una pregunta difícil pero, ¿cómo o por qué decidiste empezar Carlinga?

Como comprenderás, emprender un proyecto como Carlinga Ediciones no es algo que se decida de un día para otro, al menos si quieres hacerlo bien. Es algo que meditas y estudias durante meses. Y más en un país como España, que no lo pone precisamente fácil.

Pero imagino que quieres saber cómo y cuándo surgió la chispa. Pues como no podría haber sido de otra forma todo empezó con un libro. Uno que había estado esperando durante meses, una de esas segundas partes de una de esas conocidas sagas fantásticas, y cuando al fin lo recibí cual fue mi sorpresa al ver la pésima calidad de su edición. Obviamente me enfadé. Y empecé a pensar que las personas que lo editaron no habían puesto nada de cariño en su trabajo. Y como no, acabé preguntándome como hubiese sido el libro de haberlo editado yo… y aquí estoy.

El pliegue iceberg

Para haber fundado una editorial de ciencia ficción y fantasía debe gustarte mucho el género, ¿qué es lo que más te atrae de él? ¿Tienes alguna obra de cabecera para recomendarnos?

 Obviamente si, me encanta todo lo que tiene que ver con la fantasía, especialmente con la ciencia ficción, que a mi humilde entender es uno de los géneros más difíciles.

 Además soy un enamorado de los juegos de rol, he jugado y dirigido durante muchos años (y aún intento jugar de vez en cuando). Supongo que ahí es donde empecé a aprender a destripar las tramas y estructuras de una historia, a crear personajes principales y secundarios, a valorar el ritmo, y muchas cosas más. De hecho, suelo preguntar a los escritores si alguna vez han dirigido una partida de rol.

 Para los iniciados siempre recomiendo a Asimov y su fundación, pero últimamente estoy encantado con la obra de Félix J. Palma, y sus mapas.

Lo frágil

¿Crees que la literatura vive un momento de crisis, declive o reinvención?

Personalmente no lo creo, la literatura actual, al menos dentro del género fantástico que es el que mejor conozco, cuenta con autores de gran nivel que nada tienen que envidiar a los de otras épocas. De hecho tienen mucho merito pues hoy en día es muy difícil ser original e innovador.

Otra cosa es el sector literario, los números están ahí y dicen que cada vez se vende menos libros. Yo entiendo que hay muchos factores que explican este hecho, unos propios y otro ajenos, y entre ellos, el aumento en la oferta de ocio que ha supuesto Internet: series, películas, juegos, etc. Pero no es algo que me preocupe. Para mí lo importante es que aquellos que a pesar de todo siguen leyendo lo disfruten y quieran más.

¿Crees que actualmente se piensa más en vender libros que en crear lectores?

Bueno, no creo que haya nada de malo en querer vender muchos libros. Al menos mientras se haga de forma honesta. Así que voy a ir a lo importante, ¿pensamos los editores en crear lectores? Yo lo procuro.

Para mi la lectura es una experiencia de la que se puede disfrutar o de la que no. Y así como un buen libro te deja el cuerpo con ganas de más, uno malo puede quitarte las ganas de leer durante meses. Y es ahí donde en mi opinión radica la verdadera responsabilidad de un editor, en entender que un buen libro no solo genera ingresos, sino que además genera nuevos clientes.

Alfas y Omegas

¿Qué opinas sobre la situación de la industria cultural y/o editorial en España?

La verdad es que no soy un profundo conocedor del sector editorial español, pero en mi percepción creo que es un sector con gran capacidad. Tanto por los buenos profesionales con los que cuenta, como por el alto nivel de consumo cultural de nuestro país. Y lo digo solo porque conozco a muchas personas que trabajan muy duro cada día y que son capaces de ganarse la vida a partir de generar cultura.

Sin embargo, también hay numerosos casos de buenos proyecto que fracasan, bien por falta de profesionalidad, por un mal planteamiento, o simplemente por falta de financiación. Pero no por ello diría que el sector va mal.

¿Qué destacarías de tu experiencia en tu tiempo como editor?

Por supuesto, las personas. Editar te permite conocer gente de todas partes, gente que en la mayoría de los casos comparten tus mismas aficiones. Y esos es estupendo, anima saber que los aficionados a lo fantástico no estamos solos.

Y bueno, lo mejor hasta ahora es la satisfacción personal de participar en la creación de productos que esperas hagan soñar a los lectores. Lo peor, tener que rechazar la obra de alguien, no es agradable.

 

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Cada cierto tiempo se oyen campanadas de tristeza sobre una supuesta actitud de condescendencia de la opinión pública mayoritaria acerca de la fantasía, o de otros géneros populares como el cómic. Recuérdese -para después olvidarlo- aquel infame artículo de Molina Foix en que definía la película Up como una “chorrada de plastilina”.
¿Se me permite ejercer la abogacía del diablo? La aceptación total de la fantasía y la ciencia ficción, ¿no conllevaría su estancamiento hasta una situación de burguesía autocomplaciente y ombliguista? El acomodo tranquilón y mayoritario, ¿no supone justamente lo opuesto al pensamiento crítico y arriesgado?
Como dice Umberto Eco en su última entrevista para El País, la cultura es crisis, enfrentamiento de ideas y puja por la vanguardia. Desde los albores del mundo moderno (Cervantes en adelante), las grandes obras son rupturistas. De aquella, el modelo clásico grecorromano se estaba poniendo en tela de juicio desde que los científicos e investigadores descubrieron paulatinamente que, vaya, la teoría de Ptolomeo, la geometría euclidiana y todas esas ideas que muy agustito habíamos aceptado, con el visto bueno de la Iglesia que siempre prefiere que no se piense, habían quedado obsoletas.
Umberto Eco no puede parar de pensar

Umberto Eco no puede parar de pensar

El cuestionamiento del statu quo no tardó en llegar, también en lo literario. El Quijote, el Fausto de Goethe, Shakespeare, las novelas de Jane Austen, no digamos el Ulysses… son obras a contracorriente, con voluntad, consciente o no, de echar la casa abajo. Quién sabe si las hubiera escrito un autor con pretensiones de funcionario, y si su jefe las hubiera aceptado. Quizá en la Roma Imperial, pero, amigo, no en nuestro mundo.

El cielo me guarde de sugerir que se escribe mejor desde la marginación social más absoluta, o de defender una actitud elitista. A nadie le gustaría más que a mí que se celebrara el nacimiento de Theodore Sturgeon como otros celebran la Virgen del Pilar, o que mis autores de ciencia ficción favoritos hubieran gozado de prestigio y calidad de vida. Yo festejo cada victoria de la literatura que considero que un día será canónica. Pero he constatado con tristeza que los mercados son conservadores. La industria es conservadora. Tiene cierta lógica; su propósito es ganar dinero, y una norma para los negocios fructíferos es la seguridad y la minimización de riesgos. El capitalismo es, por definición, un sistema conservador, muy poco amigo de rebeldes políticos, sociales o culturales, o de escritores impredecibles.
El desprecio de la elite hacia las novelas populares no difiere mucho de la crítica de otras rupturas como el fin de las convenciones de unidad clásicas del teatro en la España de Lope de Vega. Por suerte a Lope le fue bien y creó escuela. Es uno de esos milagros que uno agradece cada día, igual que la campanada que dieron Tolkien o Asimov.
JRRT: rara avis

JRRT: rara avis

En cierto modo, quizá esa misma actitud reaccionaria y pacata, acomodaticia, fue el incentivo de Lope de Vega de cargarse aquellas normas caducas. Philip K. Dick, escribiendo al margen del mundo, y llevando ese exilio interior hasta las mismas fronteras de la realidad y de su propia mente, hizo algo muy parecido. Ahí estriba su grandeza.

Obviamente, el trabajo de la cultura de verdad – y ahí pocas veces entran los best sellers- es abrir conciencias, pero siempre desde la vanguardia y no la retaguardia. Insisto, no defiendo la permanencia en la sombra. Defiendo la lucha por la cultura, su carácter popular, y su necesaria protección pública, pero a sabiendas de ir a contracorriente.
Qué necesarios son los heterodoxos, y qué solos están a veces.

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Lectores y críticos se preguntan en internet: ¿se ha agotado la ciencia ficción?

Sugiere este tema una excelente entrada en el blog Fata Libelli y responde el sinpar Tecniferio. La cuestión es si tras una edad de oro (los años treinta a cincuenta) y otra de plata (los veinte siguientes), en nuestros días el autor y el lector han perdido la esperanza por el futuro, el interés por las novedades tecnológicas o simplemente el compromiso social, en favor de la fantasía, ganadora en popularidad y ventas gracias a sagas literarias, devenidas en cinematográficas, como Harry Potter, Las crónicas de Narnia, El señor de los anillos, Canción de hielo y fuego

No puedo continuar sin zafarme de la omnipresente duda: a qué textos asociar esa palabra tan vaga. Si la ciencia ficción es la ficción de las ideas, según Ray Bradbury, toda la vida es ciencia ficción, pues la suma de nuestros sueños produce ficción, y la suma de nuestros logros se debe a la ciencia. Homero en su Ilíada imaginó los primeros sirvientes mecánicos en el palacio de Hefesto. Los dos mejores escritores vivos en inglés de nuestra época Cormac McCarthy y Thomas Pynchon, han escrito obras que entran no por la tangente sino de lleno en la ciencia ficción. No obstante, pocas veces son mencionados en estos debates, por más que yo recomendaría The Road o Against the day a cualquier fan de lo fantástico. La anticipación tecnológica nos rodea en toda la literatura, incluso si no nos damos cuenta, y desde la primera obra de ficción europea hasta las últimas grandes obras actuales queda patente.

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En la entrada anterior hablábamos de las vicisitudes de los libros en su andadura por la historia. Esta vez podríamos homenajear a la gente que los suele hacer posibles: los editores. Si los entendemos en un concepto amplio, son figuras amadas por algunos, odiadas por otros. Max Brod no fue un editor per se, aunque gracias a su oportuna intervención vieron la luz la mayoría de obras de Kafka. Vale, metió algo de tijera por su cuenta y riesgo, y cambió un par de títulos (América se llamaba, originalmente, El Desaparecido). Peccata minuta con tal de salvar de las llamas la obra del señor K, ¿no les parece?

Ya antiguamente había personas dedicadas a la proyección pública de la literatura. El nombre de mecenas viene, precisamente, de Cayo Cilnio Mecenas, noble romano de origen etrusco y protector de Virgilio y Horacio. Al primero le llegó a comprar una finca, donde compuso sus mejores versos, y el segundo le dedicó sus Geórgicas. Mecenas se codeaba con el mismísimo emperador Octavio Augusto, con quien compartió clases en Grecia, tenía él mismo mano para escribir y rechazó toda clase de premios y honores.

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Seguro que orquestaron el trabajo meticulosamente. Por suerte, el único momento vulnerable de Henry era también el de ellos: en el aire, donde no podía valerse de sus músculos, de su inseparable Smith and Wesson o su escolta de gorilas. Henry tenía dinero, amasado tras años de presentar un programa exitoso. Esa noche, el cámara enfocó a los invitados, el mezclador preparó la cortinilla, la regidora repasó su pizarra y cuando el realizador dio paso a publicidad todos se abalanzaron sobre él. La pausa, pensó mientras se acurrucaba en el suelo y soportaba una brutal lluvia de golpes, no duraría eternamente. Anunciarían su ausencia mientras él, actor avezado, se hacía muy bien el muerto. Además, en cinco minutos la maquilladora entraría con la excusa de repasar a los ponentes con una navaja automática bajo la falda y la promesa de un millón de dólares. Entonces el verdadero espectáculo daría comienzo.

Esto de aquí arriba es “En el aire”, un microcuento que escribí para el certamen de TCM de relatos de serie negra y que quedó entre los finalistas. La serie negra, ya lo deberían saber, es uno de los géneros más divertidos y entretenidos que hay, al tiempo que te permite analizar los entresijos de una sociedad sin que los lectores se desenganchen ni una página. Puedes leer a autores clásicos, como Chandler, irónicos, como Chesterton, originales, como el Pynchon de “vicio propio” del que ya he hablado, e incluso a gente que sueles imaginar más próxima al género de las naves espaciales y los viajes por el tiempo, como Isaac Asimov o Ray Bradbury, que han hecho mucho y muy bueno por el mundo de los detectives y los crímenes; el primero con una extraña novela, “Asesinato en la convención”, que transcurre en un evento literario, el segundo con una serie de relatos juveniles de aroma a serie B y pulp, como el pequeño asesino o novelas ya de madurez como “La muerte es un asunto solitario” o “Cementerio para lunáticos”.

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