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Posts Tagged ‘serie negra’

En el pasado, algunos autores han acompañado sus obras con un enlace a listas de Spotify con música recomendada o bandas sonoras para acompañar su obra.

No va a ser del todo mi caso. Me gusta la música que surge en la cabeza al leer un párrafo bien construido, armonioso y con las palabras justas, bien medidas y escogidas. Aunque no estoy en contra de combinar lectura y música, los poemas, por ejemplo, de Tennyson, tienen tanta musicalidad que casi parece incompatible con cualquier canción.

Todo esto porque mi novela Alfas y Omegas salió hace poco a la venta en formato ebook en Carlinga Ediciones.

Pueden hacerse con ella en estas plataformas:

Alfas y Omegas, una novela negra de corte satírico/detectivesco, transcurre en los años ochenta. Tuve cuidado de no mencionar demasiados músicos o grupos que pudieran sonar en la fiesta de la fraternidad Omega Pi Tau, a la que acude nuestro intrépido héroe, Malaquías Baviera, a desfacer tuertos y salvar doncellas. El lector de la obra se dará cuenta de que hay un ambiente musical constante -por algo es una fiesta-. Algo así como las películas Malas calles o American Graffiti, donde la música es omnipresente. Pese a que desde aquí animo al lector a imaginar su banda sonora preferida para lo que suena entre las paredes de la vetusta mansión, voy a contradecirme y comentar algunas canciones que podrían pasar por el viejo tocadiscos de la casa.

Antes de empezar la obra, el lector topará con una letra de Georges Brassens. Les copains d´abord es la versión francesa del Asturias, patria querida. Según he podido leer, muchas fiestas en Francia han terminado con este tema. La letra, tan ingeniosa y original, describe la amistad como nunca hubiera imaginado, y ejerce a la perfección de prólogo del libro.

Por supuesto, una vez entramos en el viejo caserón, la música pop debería tomar el mando. Imaginemos a alguno de los jerifaltes de la Omega Pi Tau, seguidor de las últimas modas musicales, haciéndose con el poder para colocar algún tema sintetizado, tan propio de la época.

Quizá algún otro de los que detentan el rol de pinchadiscos, cansado del tecno pop, dé un pequeño golpe de estado y se apunte un tanto al poner algo de rock independiente de la época o quizá algo anterior.

También cabe imaginar un heavy rondando por la fiesta, que recupere las glorias del hard rock presente -de aquella- y pasadas:

En todo caso, Malaquías, como mexicano, siempre parece mantener una distancia cautelosa sobre todo lo que venga de los países anglohablantes. Sin duda él irá resolviendo los misterios de Alfas y Omegas con la música de su infancia en la cabeza en su México natal, por ejemplo, Chavela Vargas.

A menudo imagino a mi personaje en su madurez y tercera edad. Me gusta pensar aventuras para él en otras épocas, en que su carácter habrá cambiado según pasen los años. Pero siempre habrá de ser un científico de corazón, y quizá por ello mi detective, Malaquías Baviera, acabe desarrollando un día un aprecio por la música clásica barroca, cuya simetría y orden le recordarán a la belleza de las matemáticas.

 

 

 

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Logotipo Carlinga Ediciones

Tempus fugit, y por hacer lo necesario no he atendido lo importante.  O lo que es lo mismo, que la rutina me ha impedido hablar de que Mariela González (@Scullywen en Twitter), periodista y escritora, escribió una muy acertada reseña de Alfas y Omegas, mi novela, recientemente publicada por Carlinga Ediciones. Además, mantuvimos una breve y amena charla en formato electrónico.

Mientras pensaba en escribir esta entrada, otra entrevista pedía paso. Después de presentar Alfas y Omegas en el Celsius 232 de Avilés, desde Carlinga nos propusieron comentar un poco nuestra experiencia por este festival, que para el que no lo haya visitado aún, reúne una buena cantidad de atractivos que lo distinguen de otros eventos literarios. Así pues, Mariela González, de nuevo haciendo de moderadora, nos entrevistó a dos bandas a Agatha Grey, escritora galardonada con el premio HP Lovecraft a mejor relato, y a mí, para que compartiéramos nuestras impresiones sobre aquellos días de libros y charlas en Avilés.

 

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Alfas y Omegas, mi primera novela, ha sido publicada recientemente en formato ebook por Carlinga Ediciones.

Pueden hacerse con ella en estas plataformas:

Uno de los asuntos más interesantes a la hora de escribir una novela negra es el mismo protagonista, que suele acaparar la atención tanto como el misterio en sí. En mi caso, la resolución del crimen resultó más ardua que el desarrollo del personaje, que se me vino a la cabeza con bastante facilidad.

Dado que la historia transcurre en una fraternidad norteamericana, presidida por una élite muy poco abierta a visitas ajenas, lo que necesitaba era un pez fuera del agua. Alguien con la suficiente perspectiva para verlo todo desde fuera. Un nerd con pocas habilidades sociales encajaba a la perfección en la trama. Si además le cambiaba la nacionalidad, mi detective ganaba de pronto una capa nueva. Al hacerle nacer en México, Malaquías Baviera se convertía de pronto en alguien diferente a los demás por razones sociales y hasta lingüísticas. Por un tiempo medité el insertar vocablos mexicanos, pero la posibilidad de meter la pata era demasiado alta (creedme: lo intenté en una primera versión) y opté por un castellano neutral en toda la novela -salvo un “gringo” que no pude evitar colar como recuerdo a la idea inicial-.

Bastaba con que el personaje fuera latino para que -espero- mis lectores y yo mismo como autor nos identificáramos con él.  En este sentido, cualquier país servía. Lo poco que sé de Cuba, Argentina, Chile, Venezuela o México me hacen admirar a la ciudadanía de esos países cada uno por su propio motivo. Sin embargo, las connotaciones históricas de la relación entre Estados Unidos y México hacían de esta la mejor elección.

No me considero un experto en literatura policiaca, pero no recuerdo ningún detective que aporte esta subtrama tan típica de nuestra aldea global como es la necesidad de la emigración y de integración en otro grupo, y las tensas relaciones entre pueblos vecinos. Malaquías pasa toda la novela en una dicotomía, la de diferenciarse o integrarse en un grupo en el que no ha nacido, donde hay más de uno que quisiera verle muerto pero también tiene más de un amigo.

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Alfas y Omegas, mi primera novela, acaba de ser publicada en Carlinga Ediciones. Se trata -como la definía en la entrada anterior- de una novela negra satírica, protagonizada por un inopinado detective: Malaquías Baviera, estudiante mexicano, empollón e inadaptado. Un nerd en toda regla que deberá desentrañar el misterio de un crimen en una fraternidad universitaria. Pueden hacerse con ella en estas plataformas:

Si algo ha habido de valioso en toda la experiencia, una vez finalizado el proceso de escritura, ha sido la posilibidad de trabajar con otros profesionales del arte de la edición. Gracias al apoyo de la gente de Carlinga, Alfas y Omegas ha pasado por una serie de necesarias revisiones. Muchas de ellas debidas a la perspectiva -gozosamente aterradora- que da el poner una novela en manos ajenas. Pocos textos he revisado más que Alfas y Omegas, y aún hoy entiendo las ramificaciones de los personajes, sus cuidados y miedos, y sus historias en el trasfondo del drama principal, como desviaciones infinitas que hubiera pulido hasta la muerte. La prisa por la entrega me hizo entender mucho mejor la obra como un todo, que cual renuente Paul Valéry, tuve que abandonar al fin, darlo por terminado.

Acerca de la portada, el diálogo con Carlinga resultó fructífero, y al compartir nuestros puntos de vista logramos escoger al mejor ilustrador posible. Jesús Escudero entregó la imagen que se ajustaba a la política editorial de Carlinga tanto como respetaba la esencia de la obra. El señor Escudero percibió con ojo de buen dibujante que yo buscaba un borroso punto entre la frontera del clasicismo y la serie B, y diseñó un fotograma de potente encuadre cinematográfico y unas cuantas referencias en las que el lector podrá entretenerse.

A continuación, un boceto de la obra de Escudero, publicada originalmente en su cuenta de Instagram. Publicada con su permiso (muchas gracias, Jesús).

Boceto de portada Alfas y Omeg

Porque el escribir termina en un diálogo, resulta tan feliz el trabajo de entenderse con el equipo que quiere publicar tu novela. Aunque eso suponga una temporada de silencio -que siempre es productivo, nunca estéril-, merece la pena esperar.

 

 

 

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Les voy a pedir que retengan en la memoria una imagen que voy a describirles. ¿Pueden hacer eso por mí? Piensen en un mexicano de noventa kilos y metro setenta de altura, vestido con una camisa sobrepoblada de bolsillos y unos pantalones bermudas, que trata de disimular que se precipita en la cincuentena con una juvenil perilla que ya clarea su piel oscura. Acaba de comer tres hamburguesas y se zamparía una cuarta, pero disimula el hambre con su segundo pasatiempo favorito: las máquinas de pinball.

Así que se persona en El Perro Hablador, una taberna de mala muerte en la que tienen la mejor máquina del género de todo Manhattan: bella obra de arte con ilustraciones de las historias de la cripta como tema. Y me refiero a las historias originales, no la horrorosa serie de los años noventa. Sus trampas y recovecos eran una obra de ingeniería. El bar, si os interesa, estaba en la calle 29 Oeste, cerca de la estación de St Penn, pero no os molestéis en buscarlo, cerró hace unos meses sus puertas a una multitud de fieles, de los últimos veteranos de las dos primeras guerras mundiales a las primeros ahogadores de penas etiquetados como Generación X, Y ó Z. Pero como digo, durante largos, felices años, esa fue la rutina de nuestro hombre.”

La bolsa de pipas, revista mallorquina, emblema de la editorial Sloper, tiene a bien publicar mi relato El alma de la fiesta, en su número 90, del tramo veraniego de julio-septiembre. Los dos párrafos que han leído ahí arriba constituyen el principio del mismo. Uno no puede sino sentirse lleno de alegría por haber sido aceptado en esta graciosa reunión de escritores, por primera vez en mi caso en una versión impresa, y casi tiene el reparo de no querer molestar al resto de la eminente concurrencia, algunos de ellos novelistas profesionales. Quizá por eso me he quedado en la seguridad de la última página, desde la que se puede observar al resto de invitados a la fiesta sin desentonar mucho, y decir hola al que quiera acercarse y tomar algo. Quizá también por eso me hice acompañar de un peso pesado, el mítico novelista Thomas Pynchon, que aparece en mi cuento, o no, según lo que al amigo lector le apetezca deducir.

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Seguro que orquestaron el trabajo meticulosamente. Por suerte, el único momento vulnerable de Henry era también el de ellos: en el aire, donde no podía valerse de sus músculos, de su inseparable Smith and Wesson o su escolta de gorilas. Henry tenía dinero, amasado tras años de presentar un programa exitoso. Esa noche, el cámara enfocó a los invitados, el mezclador preparó la cortinilla, la regidora repasó su pizarra y cuando el realizador dio paso a publicidad todos se abalanzaron sobre él. La pausa, pensó mientras se acurrucaba en el suelo y soportaba una brutal lluvia de golpes, no duraría eternamente. Anunciarían su ausencia mientras él, actor avezado, se hacía muy bien el muerto. Además, en cinco minutos la maquilladora entraría con la excusa de repasar a los ponentes con una navaja automática bajo la falda y la promesa de un millón de dólares. Entonces el verdadero espectáculo daría comienzo.

Esto de aquí arriba es “En el aire”, un microcuento que escribí para el certamen de TCM de relatos de serie negra y que quedó entre los finalistas. La serie negra, ya lo deberían saber, es uno de los géneros más divertidos y entretenidos que hay, al tiempo que te permite analizar los entresijos de una sociedad sin que los lectores se desenganchen ni una página. Puedes leer a autores clásicos, como Chandler, irónicos, como Chesterton, originales, como el Pynchon de “vicio propio” del que ya he hablado, e incluso a gente que sueles imaginar más próxima al género de las naves espaciales y los viajes por el tiempo, como Isaac Asimov o Ray Bradbury, que han hecho mucho y muy bueno por el mundo de los detectives y los crímenes; el primero con una extraña novela, “Asesinato en la convención”, que transcurre en un evento literario, el segundo con una serie de relatos juveniles de aroma a serie B y pulp, como el pequeño asesino o novelas ya de madurez como “La muerte es un asunto solitario” o “Cementerio para lunáticos”.

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Si existe la fórmula para que a un texto no le salga una sola arruga, ésta debe encontrarse en el despacho de Arthur Conan Doyle. Leídas las dos primeras novelas de Sherlock Holmes, Estudio en escarlata y El signo de los cuatro, la sensación de modernidad es apabullante. Otros autores, seguramente más versátiles y creativos como Poe o Chesterton, han jugado con la ficción detectivesca, pero las aventuras de Holmes siguen siendo como ese cuadro al que puedes cambiar de marco, o de lugar en el museo, y continúan atrayendo como el día que se inauguró la exposición.

Tanto es así, de hecho, que mucha gente guarda en su memoria la imagen de las versiones cinematográficas protagonizadas por Basil Rathbone y Nigel Bruce, cuando éstas solían ambientarse en los años 40… ¡medio siglo después que las novelas! Las variaciones sobre Sherlock Holmes son tan creíbles como el original.

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